Para los mayas, los cenotes eran portales sagrados al Xibalbá, el inframundo. No estaban equivocados: bajar a una caverna inundada donde la luz del sol penetra desde un agujero en el techo y te ilumina en un lago subterráneo de aguas azul cristal es una experiencia casi religiosa. Con más de 7,000 cenotes en Yucatán, todos conectados por el acuífero subterráneo más grande del mundo, hay para todos los niveles: nadar en piletas abiertas rodeadas de raíces colgantes, snorkel en cuevas con estalactitas o buceo en galerías inundadas con visibilidad de 100 metros. Todo a minutos de Chichén Itzá y Tulum.
